Llevamos demasiado en el tiempo de echar las manos a la cara con la espantosa educación que el público infantil infiere de la tan bien denominada en ocasiones “caja tonta”. Como si ésta fuera la única vía educativa, como si más allá de los tubos catódicos, de la pantalla de plasma, no hubiera opciones para entretener a los más pequeños, para mostrarles el mundo.
Llevamos, de hecho, demasiado creyendo que sólo los niños necesitan otro tipo de educación, otros canales.
La Vereda Teatro, el proyecto de David Acera y Ana Laura Barros, asume el compromiso que supone la escena, el arte dramático, desde la pedagogía responsable. Temas como el conflicto bélico o la especulación urbanística se tratan desde un lenguaje cercano, comprensible y emocional.
Esta joven compañía, en su gestación y en su espíritu (¿hay algún otro modo de hacer teatro?), surge con la voluntad de llegar a los niños de todas las edades, porque, al fin y al cabo, la herramienta principal de cambio reside en ese resorte afanoso e inocente que se conserva en algún recodo del cuerpo desde la infancia.
El suyo es un teatro audaz, comprometido y distinto que ayuda a comprender un poco mejor el mundo que nos toca. Compaginan en esa tarea la experiencia titiritera de Barros con la actoral de Acera, y plasman sus historias desde un trabajo híbrido de sombras, títeres y actores. Y como saben que, más allá de las tablas, el teatro sigue vivo han publicado una de sus obras con la editorial Cambalache.
Es precisamente esa obra con la que se dieron a conocer: Catalina y los bosques de hormigón. Una fábula sobre un mundo amenazado con extinguirse en pro de los beneficios de la especulación. En este montaje, protagonizado por una pelirroja y sonriente Catalina manejada por Barros, la participación del público se vuelve indispensable para lograr solucionar el conflicto. El especulador, una suerte de malvado tirano, un antagonista de traje morado y sombrero, al que da vida David Acera, quiere eliminar todo lo hermoso del mundo que Catalina conoce, lo que incluye su pequeño huerto, esmeradamente atendido por ella y por su madre. No serán las autoridades, a las que acudirá la niña en un primer momento, quienes sepan, o quieran, acabar con esa gravísima amenaza. Sólo el poder vecinal, la conciencia que de un modo interactivo irá tomando el público, podrá evitar que el empresario déspota se salga con la suya.
Si el teatro implica de por sí una acción, aunque desde una percepción pasiva, por parte del público (y de ahí que se diga que es el arte más político que existe), ésta se refuerza si, además, la propia trama precisa de esa interacción, del compromiso de los asistentes con el conflicto que se plantea. Esta valiosa obra está, además, prologada en su edición por la realizadora y teórica Lolo Rico, y quienes recuerden el modelo televisivo de La bola de cristal entenderán que en esto no hay nada azaroso.
Con su otro montaje, Hay una guerra en mi habitación, La Vereda Teatro se adentra en el campo de la educación para la paz. A través de un personaje infantil caprichoso y de un alocado sueño desarrollan un discurso antibelicista. Con esta obra son tres actores sobre el escenario, ya que se une al elenco Paula Alonso.
Es Lolo Rico quien dice en una entrevista: “Los niños no tienen la culpa de que no se les permita concebir el mundo por sí mismos para comprometerse con él. Quizá lo que no se quiere son ciudadanos comprometidos.” Compañías teatrales como La Vereda Teatro hacen por ofrecer a esos niños (¿y quién no lo es en esta materia?) la posibilidad, la visión, las herramientas, para ser ciudadanos comprometidos, críticos. Demuestran que sobre un escenario magia y verdad pueden darse la mano, y pueden hacernos mejores.
Sofía Castañon - Rebelión












