Dentro de los trabajos que se programan en la franja de espectáculos infantiles puedo observar que, en líneas generales, hay obras de buena calidad o, como mínimo, bien enfocados. Lo suficiente como para no salir y largarse corriendo de la sala, pero en bastantes casos, hay mucho más.
He tenido la suerte de poder asistir finalmente a Ojos y Cerrojos, obra que la sala Cuarta Pared ha programado ya más de una temporada y que sigue llenando. Mi primera sorpresa fue ver que la sala se llenaba de tantos adultos como menores: muchos de aquellos sin niños que les acompañasen.
Poco después de comenzar la obra mi sorpresa ya no era tal: al finalizar salía de allí con la impresión de haber asistido a un trabajo sin franja de edad delimitada, con el deseo de recomendárselo a mucha gente (y estoy seguro de que aunque en breve se interrumpa su programación seguirá apareciendo, dada su vigencia) y con la satisfacción de contemplar cómo se puede realizar un trabajo redondo, muy elaborado, coordinado, encajado, de calidad y con buenas interpretaciones, que aúnan el trabajo corporal con el texto bien dicho.
Además de la parte interpretativa, hay que hacer especial mención del decorado y la escenografía en su conjunto, con una serie de trucos que permiten diseñar un edificio de distintas plantas y ascensor, en el que se juega con la imaginación, pero también con los elementos reales, que posibilitan compartimentar el escenario sin mucha dificultad, ofreciendo al espectador varias ubicaciones en una sola.
Tres únicos actores desarrollarán una obra de miedo e intriga, que hepatará a los grandes del misterio, pero con unos fines educativos que trascienden la edad, ya que la finalidad de la misma es favorecer la victoria de las personas sobre sus miedos y sobre lo irracional y supersticioso en cualquier aspecto.
De esta manera lo presentan Óscar (Pedro Martín) y Bea (María Moral), dos hermanos que viven solos en su casa. Solos… con una desagradable compañía que al principio solamente Oscar puede ver: su miedo, pero que pronto Bea también podrá ver y hablar con él. El miedo (que representa Pedro Roca) les irá comiendo su vida, de forma que no podrán hablar con nadie, todo se transforma en clave de sucesos extraños, hasta la cosa más simple, aunque Bea, más racional aunque influenciable, se resiste a creerse todo, afortunadamente para ambos y para el vecindario.
Los tres intérpretes representarán a media docena de personajes, cada uno con su idiosincrasia, y la mitad de ellos inmigrantes que han ido llegando a un edificio medio en ruinas, pero que quieren salvar a toda costa como si se tratase de su propio hogar, en tanto que los antiguos inquilinos se han ido a lugares más cómodos. Los únicos que quedan de los anteriores habitantes son los dos hermanos, acompañados por su miedo, que se encuentra en su salsa cuando huele cómo va aumentando el miedo ajeno. Bea se percatará enseguida de que están viviendo entre cerrojos, que les ciegan ante su entorno, y que es preferible romperlos y abrir los ojos a la realidad.
De esta manera, además de fomentar el uso de la razón para comprender lo que nos rodea, los personajes destierran otros miedos, como aquellos que conducen a la xenofobia y el racismo, pero también tratan el miedo a los animales y las agorafobias que parecen apuntarse en un determinado momento, que acabarían con los chavales encerrados en su casa sin ir a trabajar uno ni a estudiar la otra.
Considero que el excelente trabajo trasciende e que se encasille en uno u otro concepto teatral, ni rango de edad, por lo que debería recomendarse a cualquier espectador, ya sea por pasar un buen rato, o por el motivo que sea, pero también como buena terapia.
Julio Castro – laRepúblicaCultural.es











